26 marzo 2006

Capitulo 14 del podcast Las gafas de Platon

Esta semana hemos cumplido y ya está aquí el capítulo 14 de Las gafas de Platón: Tengo 13 años.

Es un capítulo corto, unos 15 minutos. A nuestros protagonistas, Juan Andersen (Elvira Rodríguez) y Javier Avogadro, les han mandado escribir un cuento para la clase de Literatura. Ambos narrarán de viva voz su propio cuento, cuyo argumento seguramente escandalizará al profesorado. Iconoclastas cuentos que escriben por el mero placer de tocarle las narices a los demás, para demostrar que están muy por encima de los convencionalismos.

Hasta el próximo capítulo (que se presenta interesante, pues ingresan en el instituto y Avogadro es víctima de su despertar sexual... y Juan Andersen deberá hacer algo para evitarlo). Un capítulo largo y complejo y con multitud de nuevos personajes. Esperamos poder tenerlo a vuestra disposición en unos diez días.

Que aproveche.

22 marzo 2006

El Diluvio es insostenible

Oh, las Matemáticas. Tan temidas en nuestra época escolar. Y aunque nuestros profesores se empecinan en hacernos ver por activa, por pasiva y por perifrástica que los números son fundamentales para la vida diaria nosotros seguimos renegando de ellos. No los vemos útiles. Sí, es útil sumar, restar, multiplicar y dividir. Es útil saber que no se pueden sumar peras y manzanas, como bien hizo la Botella al hablar sobre los matrimonios entre homosexuales. Es muy útil, en definitiva, a nivel básico. Pero cuando empezamos con los logaritmos y las ecuaciones de segundo grado con tropecientas incógnitas.... ahí, ahí ya no le vemos la utilidad.

Dicen, entonces, que bien, que no sirve para nada saber resolver problemas tan enrevesados, que no existe aplicación en la vida diaria y mundana. Pero tamaña complejidad numérica es útil a nuestra masa gris para organizarse, para pensar mejor y más fluidamente. Es justo también la razón que enarbolan los profesores de lenguas muertas, como el griego y el latín. Estructuración cerebral. Eso suena utilísimo. Pero no convence, y mucho me temo que tampoco es un argumento con demasiado fundamento.

Por suerte, existen divulgadores como John Allen Paulos. Uno de los matemáticos más entretenidos que conozco. Y alguien que demuestra la verdadera utilidad de tener una mente formada matemáticamente. Es posible que el error esté en el sistema educativo, que imparte unos sistemas matemáticos encorsetados, poco dinámicos, que jamás se aplican a problemas reales. Así que, a quien aún quiera reconciliarse con una materia tan árida como ésta, a quien le quede una porciúncula de fe, le recomiendo encarecidamente la lectura de cualquiera de sus libros.

Con él se aprende a leer el periódico con un nuevo sentido crítico y a detectar noticias falsas o sobredimensionadas (al ejemplo de mi entrada Una forma de acabar con ETA me remito). Se aprende que las estadísticas son falsas según cómo se afronten. Se aprende que jugar a la lotería es un impuesto que subsiste precisamente gracias a la ignorancia en Matemáticas. Se aprende, incluso, a leer La Biblia con otros ojos, más críticos, más escépticos, más entrenados para vislumbrar los hilos que conforman la realidad. Como muestra, de su libro El hombre anumérico:

El Génesis dice que durante el Diluvio <<... quedaron cubiertos todos los montes sobre la faz de la tierra...>>. Si se toma esto literalmente, resulta que la capa de agua sobre la tierra tendría entre 5.000 y 6.000 metros de grosor, lo que equivale a más de 2.500 millones de kilómetros cúbicos de agua. Como según el relato bíblico del Diluvio duró 40 días con sus noches, es decir sólo 960 horas, la tasa de caída de la lluvia ha de haber sido por lo menos de cinco metros por hora, suficiente para echar a pique un avión y con mayor motivo un arca cargada con miles de animales a bordo.

Ojalá mi profesor de Matemáticas hubiera leído a Allen Paulos algún vez.

18 marzo 2006

El despertador del cerebro

Es curioso. Ayer era viernes y estaba agotado. Arrastraba un déficit de sueño considerable y tenía la intención de hacer una maratón de sueño para recuperarme. Sin embargo, me ocurre algo que nunca he entendido: cuando llevo más de 24 horas sin dormir, luego no consigo dormir del tirón más de 3 o 4 horas. Como si mi cuerpo ya se hubiera acostumbrado a vivir en una perpetua vigilia. O, si llevo una temporada levantándome cada día a la misma hora, cuando por fin puedo dormir a pierna suelta, me despierto a la misma hora aunque haya desconectado la terebrante alarma pulsátil del despertador.

Así que esta mañana, a pesar de desear con todas mis fuerzas dormir y dormir, a pesar de que mi cuerpo pedía a gritos una ración extra de cama, me he levantado a la misma hora de siempre. Sí, como si el cerebro dispusiera de su propio despertador.

Esto me recuerda a un magistral fragmento de El misterio de la cripta embrujada, de Eduardo Mendoza (un autor, dicha sea de paso, que me encanta, pero que años ha me sustrajo algo más de 4 millones de las antiguas pesetas: algún día me atreveré a explicar cómo). Me hizo muchísima gracia en su día (el fragmento, no la sustracción de los 4 millones), y hoy me sigue pareciendo una excelente síntesis psicológica de nuestro subconsciente:

Con este consuelo me metí en la cama y traté de dormirme repitiendo para mis adentros la hora en que quería despertarme, pues sé que el subconsciente, además de desvirtuar nuestra infancia, tergiversar nuestros afectos, recordarnos lo que ansiamos olvidar, revelarnos nuestra abyecta condición y destrozarnos, en suma, la vida, cuando se le antoja y a modo de compensación, hace las veces de despertador.

Aún sigo leyendo a Mendoza. Aún me gusta. Pero deja en evidencia que no es muy buena idea saber demasiado de la vida personal de ese autor que tanto nos gusta. Por esa razón, hace tiempo que separé las creaciones artísticas del autor. Del autor sólo me importa su nombre, algo que consigne (y, en cierta medida, avale) que volveré a disfrutar de una obra. Si luego me cuentan que tal o cual artista es también un asesino en serie o un pederasta reincidente, no me importa. No me incumbe. Por eso aún sigo leyendo a Mendoza. Y aún me gusta.

16 marzo 2006

Capítulo 13 de Las gafas de Platón

Sí, por fin, por fin un nuevo capítulo de esta insignie novela podcast. Lamento los retrasos, prometo mayor regularidad para los próximos... aunque podéis continuar enviándome mails para que no me duerma en los laureles.

Este ha sido otro capítulo largo, casi 30 minutos de lectura. Aquí, Juan Andersen (o Elvira Rodríguez) ya cuenta con 12 años. Continúa su relación con su nuevo amigo, Javier Avogadro, instilándole los conocimientos que él cree oportunos, educándole, formándole a su imagen y semejanza.

En el presente capítulo, se introducirá El libro de los hilos, un cuaderno que Juan Andersen escribirá al alimón con Javier, y que constituye el corpus de todas sus ideas acerca del gregarismo del ser humano y cómo manejarlo, cual titiriteros. Como contrapunto: una pequeña intervención de la abuela, que será quien les suministrará el cuaderno, a imagen y semejanza al que portaba el doctor Jones (Sean Connery) en Indiana Jones y la última cruzada.

Espero lo disfrutéis tanto como yo lo he hecho escribiéndolo y grabándolo. Para los próximos capítulos, cuando Juan y Javier entren en plena pubertad, prometo algo de pirotecnia hormonal. Pero eso será la próxima semana. Hasta entonces.

15 marzo 2006

Unas pinceladas sobre las modas (y ciencia)

Le doy la palabra a la divertidísima Connie Willis, una entrañable mujer de barrio residencial y aspecto mundano que, cosas de la vida, se dedica a escribir ciencia ficción en sus ratos libres. De su novela Oveja Mansa:

Es casi imposible señalar el comienzo de una moda. Para cuando empieza a reconocerse como tal, sus orígenes se pierden en el pasado, y tratar de localizarlos es exponencialmente más difícil que, pongamos por caso, buscar las fuentes del Nilo.

En primer lugar, probablemente haya más de una fuente. En segundo lugar, estás tratando con la conducta humana; Speke y Burton sólo tuvieron que enfrentarse a cocodrilos, rápidos, y la mosca tsetsé. En tercer lugar, sabemos algunas cosas sobre los ríos (por ejemplo, que fluyen cuesta abajo), pero las modas parecen brotar creciditas de la nada y sin ningún motivo aparente. Vean si no el caso del puenting. O el de las lámparas de Java.

Lo mismo pasa con los descubrimientos científicos. A la gente le gusta considerar la ciencia como algo racional y razonable, que avanza paso a paso, de la hipótesis al experimento y por último a las conclusiones. El doctor Chin, el ganador de la beca Niebnitz del año pasado, escribió: <>.

Nada más lejos de la verdad. El proceso científico es exactamente igual que cualquier otra empresa humana: complicado, azaroso y mal dirigido, y depende enormemente de la casualidad.

Fíjense en Alexander Fleming, que descubrió la penicilina cuando una espora entró por la ventana de su laboratorio y contaminió uno de sus cultivos.

O en Roentgen. Estaba trabajando con un tuvo de rayos catódicos rodeado de planchas de cartón negro cuando vio un parpadeo de luz al otro lado de su laboratorio. Una hoja de papel cubierta de patinocianuro de bario fosforescía, aunque estaba aislada del tubo. Curioso; extendió la mano y la colocó entre el tubo y la pantalla. Y vio la sombra de los huesos de su mano.

Fíjense en Galvani, que estaba estudiando el sistema nervioso de las ranas cuando descubrió la corriente eléctrica. O Messier. No estaba buscando galaxias cuando las descubrió. Buscaba cometas. Sólo las cartografió porque intentaba deshacerse de una molestia.

Nada de eso hace que el doctor Chin no merezca el millón de dólares de la beca Niebnitz. No es necesario comprender cómo funciona algo para hacerlo. Es el caso de conducir. Y del inicio de las modas. Y de enamorarse.

12 marzo 2006

Dislates literarios

Un alemán llamado Christianus Pierius escribió un poema sacro en latín titulado Christus crucifixus, que constaba de unos mil versos (1000) cuyas palabras empezaban todas por C. Comenazaba así:

Currite, castalides.
Christo camitante camaenae.

Siempre me han fascinado estos desafíos literarios sin más sustento que el de epatar al personal, así como los vericuetos de la Literatura Potencial (OuLiPo). A veces, se agradece una dosis lúdica en la forma y no sólo en el fondo.

Recuerdo que hace años, cuando empecé en esto del escribir, cuando mi edad sólo tenía un guarismo, me propuse escribir una novela magna y grandilocuente, gigantesca, enorme, que inyectara un poco de humildad en sus lectores. Su particularidad fundamental: en su texto figuraría, al menos en una mención, todas (y digo absolutamente todas) las palabras del Diccionario de la Real Academia.

Por fortuna para todos, jamás la terminé.

10 marzo 2006

Bienvenida sea la locura

Seréis millones de millones; todos iguales, pues las diferencias os ofenderán. Tendréis vuestro paraíso blanco, limpio, esterilizado, sin microbios ni parásitos, sin hierbas malas ni buenas, sin culebras y sin colibríes. Todos seréis iguales, pensaréis igual, tendréis los mismos gustos, podréis ejercer los mismos oficios, no habrá pobres ni ricos, cultos ni incultos, blancos ni negros, pues todos seréis oscuros en vuestra blancura.
Tendréis un mundo mecánico e igualitario como el que ahora soñáis. No habrá naciones sino una gran colonia de millones y millones de seres bien nutridos, libres de enfermedades y de afectos. Todos seréis perfectos en vuestra imperfección.
Hasta ahora os habéis desarrollado gracias a los locos. Las personas no normales, los dementes, los orates han creado cosas útiles e inútiles. Útiles como la rueca e inútiles como el Discóbolo. Os han hecho avanzar y os han deleitado en ese avance. Os han perturbado con sus ideas, con sus cambios, con sus emociones poco comunes y sus extraordinarias obras. Cuando seáis perfectos como nosotras no os molestarán más, habrán sido olvidados, y los genes transmitirán lo útil, no lo inútil. No os transmitirá el Ramayana, ni los acordes de Bach, ni os molestarán con la Venus de Milo ni con las fantasías de Botticelli, no os distraerán con el Quijote ni con el Fausto, no os importunarán con las rimas de Bécquer ni con los delirios de un Kafka. ¡Tendréis tranquilidad! ¡Felices de vosotros!
No os conmoverá el fuerte torso de un Adonis ni los firmes pechos de una Afrodita. No veréis ni el profundo azul del mar, ni el azul en los ojos de una mujer hermosa. No existirán para vosotros los dorados resplandores del sol, ni el rubio fulgurar de unos cabellos. Vuestras fábricas resolverán todos los colores, mezclarán todos los perfumes y triturarán todas las formas. El resultado será un blanco funcional y esterilizado, un blanco práctico, fosilizado.

Extraído de La hormiga, de Pedro Gálvez.

05 marzo 2006

El hombre que se quiso matar

Pues hoy hemos visto una adaptación de una obra de Wenceslao Fernández Flórez adaptada al cine por Rafael Gil: El hombre que se quiso matar, comedia protagonizada por Tony Leblanc en 1970.

Sí, tengo presente que el filme de marras es la típica cutrez celtíbera, la típica película que se presentaría en Cine de Barrio. Pero, aparte de que el cine cañí me fascina, El hombre que se quiso matar cuenta con algunas secuencias memorables. Como la que, a continuación, transcribo.

Nos situamos: El protagonista, un taciturno profesor de Latín, es el típico paria, del que todo el mundo abusa, que, además, pierde su trabajo, no encuentra el amor y apenas tiene ya dinero para sobrevivir. Al final, desesperado, decide suicidarse. Pero, haciendo gala de su torpeza endémica, no lo consigue. Será una hippie de ideas irreverentes la que le animará a suicidarse de nuevo de una forma más efectiva... pero antes le descubre que podría vivir 3 o 4 días más en este mundo y desquitarse de todos los agravios sufridos. Después de todo, ya nada tiene que perder y lo peor que le puede pasar es que... le maten. La mañana que se decide a exprimir lo que le queda de existencia, tiene una conferencia en la facultad donde imparte clases. Se levanta ante un auditorio adormilado. Y dice lo siguiente:

La vida es completamente estúpida. El mundo carece de razón y de sentido. Esta Tierra en la que vivimos es una gigantesca mentira. Una bola inmensa de más de un millón de kilómetros cúbicos. Sin embargo, ¿por qué seguimos aquí? ¿Por qué nos resistimos imbécilmente a abandonar esta vida imbécil? Unos porque tienen dinero que les proporciona placeres. Otros porque tienen amor que les proporciona una lírica exaltación.Otros porque detentan el poder, y eso satisface su vanidad. Y todos, en general, por miedo al angustioso trance de morir sin caer en la cuenta de que están inexorablemente condenados a muerte, y no logran convencerse de la sabiduría popular que encierra el dicho de los malos tragos pasarlos pronto. Yo carezco de todas esas cosas que atan a la vida. No tengo dinero, nadie me quiere, el poder es algo inasequible para mí. En cuanto al miedo, lo he superado. Por eso he decidido matarme. Puedo afirmarlo públicamente porque estoy seguro de que lo voy a hacer. Incluso he efectuado algunos ensayos, no demasiado afortunados, debo reconocerlo. Me preguntaréis que por qué lo anuncio. Pues por lo mismo que se anuncia la boda de cualquier pareja de imbéciles. O el nacimiento de un niño meorro. O la marcha de veraneo a Benidorm de una familia agobiante. Por otra parte, desde que he tomado esta decisión irrevocable se han venido a tierra los palos del sombrajo del convencionalismo y noto que por primera vez en mi vida puedo disponer verdaderamente de mi voluntad y hacer lo que me dé la gana. Un lujo que ninguno de vosotros, ni siquiera el señor Argüelles, ha podido permitirse nunca. También me preguntaréis por qué demoro mi propósito y no lo cumplo inmediatamente. Tengo una razón. El próximo viernes se celebra en televisión la final de Las diez de últimas. Uno de los concursantes es mi anciano profesor de Latín, don Silvestre Menéndez, sobre el tema El imperio Romano. Y quiero ver si gana un millón el pobrecito, que a sus 98 años ya sería hora de queganara algo. Es un capricho sentimental, y ahora estoy dispuesto a darme todos los caprichos. Por eso no quiero privarme de deciros lo ridículo que os encuentro. Si lograra expresarlo plenamente, enfermaríais de risa. En fin, no tengo más que decir. Y si lo tengo, no me da la gana decirlo. Gentes que me escucháis. Este hombre joven y completamente sano que está ante vosotros va a morir por su propia voluntad dentro de cuatro días y medio. Dentro de cuarenta, o de 400, o de cuatro mil, o aunque sean algunos más, vosotros moriréis también pero a regañadientes. Entre tanto, podéis iros todos a hacer puñetas.

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