22 septiembre 2006

PANEGÍRICO A LA ESPUMA DE LOS DÍAS

(Aviso a navegantes: el siguiente post es largo. Pero largo de verdad).

La espuma de los días es un extinto programa de radio. Fue emitido por Radio Hospitalet (Barcelona) durante dos años (1993-1994) y presentado por Jaume Balagueró.

La espuma de los días supuso un antes y un después en mi descarriada existencia.

Aún recuerdo con nostalgia cómo empezó todo. Yo no era un gran aficionado a la radio, ni mucho menos: apenas podían separarme de la televisión (en la que engullía indiscriminadamente Tranformers, Regreso al futuro o los filmes de Paco Martínez Soria) o de los libros (Elige tu propia aventura…). Recuerdo que, en ocasiones, cuando me iba a dormir y mi padre estaba de viaje, me acostaba en la cama de mis padres porque era un niño patológicamente aterrorizado. Demasiada imaginación, supongo. La cuestión es que la cama de mis padres tenía aires futuristas. Para mí era como la cama embrujada de La bruja novata. En el cabecero se hallaba insertado un panel con el que, mediante una rueda, podías sintonizar la FM y la AM. Una cama con radio incorporada, sí, señores, todo un hito en aquellos tiempos (mi padre siempre ha sido un pionero e cuanto asuntos tecnológicos se refiere). El altavoz, incluso, quedaba a la altura de la almohada, y así podías dormirte escuchando los boletines de noticias, el guirigay de un partido de fútbol o los cánticos árabes que llegaban allende las fronteras. Esa radio me salvó la vida, pues mi madre conciliaba el sueño con inusitada rapidez, empezaba a respirar fuerte (eufemismo de roncar), y yo me encontraba solo en una oscuridad encinta de monstruos.

Por aquel entonces, pues, la radio fue mi baliza, mi baya, mi faro para no perderme en el océano del miedo y la soledad (qué lírico estoy, por Dios). Para sentirme acompañado, en definitiva. Y tan desesperado me hallaba yo que el programa que sintonizaba lo conducía un joven José Manuel Parada (dejad de reíros), llamado, si no me equivoco, Sábanas Blancas. Hasta creo recordar que me gustaba. Ya se sabe, la infancia.

Pero no fue hasta que empecé primero de BUP, cuando yo contaba con 14 años, cuando, en clase de gimnasia, un compañero de clase (Alexis Mejías, para más señas) me desveló con aire confidencial la existencia de un programa nocturno de radio que radiaba la emisora municipal de su ciudad: Sábanas con chinchetas, perpetrado por José Miguel Cruz.

Seguro que cualquier habitante del área metropolitana de Barcelona tendrá constancia de este programa, aunque sólo sea de oídas. No en vano, sentó muchos precedentes en algunos aspectos y se mantuvo en antena durante más de 10 años. Casi era, para algunos, un referente vital, una secta, un modo de vida. Y estaba bien. A grandes rasgos, la estructura era sencilla: un programa temático cada noche, de lunes a viernes, de doce de la noche a seis de la mañana. Pero era mucho más: contenidos frescos, ágiles, irreverentes; casi una comunidad de nocturnos que se hacían compañía cuando la mayoría de gente ya dormía. Y repito: estaba muy bien, me distrajo, me acompañó mientras estudiaba para el examen del día siguiente o montaba los collages que nos encargaba el profesor de Ética, me ayudó a conocer a muchas de las personas más importantes de mi vida y fue la causa de que cada mañana llegase a clase con profundas ojeras. Para una información más exhaustiva, os sugiero visitar el artículo de Meloncorp. Pero, a pesar de todo, no me sacudió la masa gris tal y como lo hizo La espuma de los días, patricio programa radiofónico capitaneado por Jaume Balagueró (hoy laureado cineasta).

Los sábados y domingos, en idéntica frecuencia, en idéntico horario, un tipo de voz algo afeminada, timbrada, puntillosa con la ortología y la dicción y muy, muy pedante, cogía el relevo de la noche. Su franja de oyentes era mucho más limitada y exquisita, pues el fin de semana, por lo común, la gente joven lo suele consagrar a las discotecas, a los bares etílicos y demás. Así que la gente que escuchaba a Balagueró era joven, sí, pero jóvenes que, de algún modo, ya eran viejos prematuros. Gente rara. Esquinada. Gente que no encajaba. Gente interesantísima, en su mayoría, bien que a poco que les escuchara un facultativo entrarían derechitos a un frenopático.

¿Y de qué hablaba Jaume Balagueró? Absolutamente de todo, según se terciara, sin prejuicios, sin tabúes, sin imposturas. A veces, de asuntos absurdos y surrealistas, o de cuestiones de gran altura intelectual, o de niñerías. Sí, porque la verdadera enjundia del programa la constituía esa mezcla anárquica entre la clase y el saber estar decimonónico y la infantil y traviesa mirada de un niño de seis años.

Había una pequeña sección en los prolegómenos de cada programa, donde el señor Balagueró leía las cartas de los oyentes. Una de las misivas, muy crítica con el programa, describía, sin pretenderlo, la verdadera esencia de La espuma de los días. Paso a reproducirla:

Señor Balagueró,
Me he decidido a escribirle tras escuchar su programa La
espuma de los días en diversas ocasiones. En todas ellas he podido comprobar
como tanto usted como el programa en general se mueven por derroteros a veces
elegantes y casi siempre con una profesionalidad dignas de admiración. Pero al
mismo tiempo he comprobado como a menudo deja usted entrar en el programa temas
o cuestiones de dudoso gusto. A veces, incluso, ofensivos. Es más, en algunos
casos ha sido usted mismo el que ha fomentado estos temas. Como cuando hablaron
de excrementos, de pornografía y alguna otra cuestión que no recuerdo,
afortunadamente. También es usted, a mi juicio, el responsable único de cierto
tono absurdo e infantil que a menudo se adopta en el programa, como cuando se
dicen cosas como ta caliente, sin ningún sentido. O cuando se utiliza el trato
personal de amiguitos. Todo ello me parece innecesario y contradictorio con el
tono serio y erudito de otros momentos. Teniendo en cuenta que la suya es una
emisora pública, creo que esas cosas resultan intolerables. Acabaré sólo
sugiriéndole que entre la audiencia también nos encontramos muchos oyentes
serios y respetables que esperamos algo muy distinto de un programa de radio, y
no tonterías y aberraciones como las que a veces ofrece usted.

Sin más, se despide atentamente,
Lucas Camarasa.


Si era una carta fidedigna o no nunca lo sabremos, porque La espuma de los días siempre paseaba de puntillas sobre la línea que separa lo real y lo caricaturesco. Sin ir más lejos, el programa gozaba de una audiencia participativa tan escasa que, en más de una ocasión, era el propio Balagueró quien debía llamar al programa. Sí, se llamaba a él mismo, mantenía conversaciones telefónicas con él mismo en una suerte de esquizofrenia descacharrante. Y lo hacía tan bien que no siempre era fácil descubrir que detrás de la llamada se encontraba él mismo impostando la voz. ¿Quién iba a sospechar tal grado de endogamia desquiciada? O cuando llamaba un oyente bautizado como Zamorano y aseguraba envasar sus deposiciones en tarros de cristal fechados, y en plena llamada nos dedicaba la apertura de alguna hez matusalénica que, acto seguido, lanzaba por el balcón de su casa. Balagueró, agazapado y conteniendo una risa de diablura infantil, iba indagando sobre la suerte del zurullo, y Zamorano retransmitía el lanzamiento y posterior impacto en el mobiliario público como si de un partido de fútbol se tratase. O cuando, en la cúspide del delirio, con aires fellinianos, llamaban dos hermanos que aseguraban estar encerrados en un sanatorio mental. Según su versión de los hechos, eran adictos al programa, y en cuanto apagaban las luces de la habitación, todos dormían y el celador no andaba cerca, escapaban a hurtadillas hacia los pasillos, donde se encontraba la cabina de teléfonos, para hablar unos minutos con su ídolo. Cuantas veces tuvieron que cortar la llamada de improviso porque creyeron escuchar unos pasos aproximándose.

¿Realidad? ¿Ficción? Qué importa. Era algo nuevo, sin precedentes en la historia de la radiodifusión española.

Tampoco quiero dejarme en el tintero la esperpéntica sección Manicomio de travestis. En él, el presentador hacía mutis en el foro y daba todo el protagonismo al oyente. En el escaso tiempo concedido para cada llamada en este contestador automático granguiñolesco, podía escucharse cualquier cosa. Desde una profunda reflexión hasta una performance extravagante. Éste era el mensaje de bienvenida del contestador:

MANICOMIO DE TRAVESTIS.mp3

Pero, como he apuntado, no todo eran humoradas bizarras o iniciativas para freaks de circo. También había seso. Mucho seso pedante, esnob y patricio. Mis primeras elucubraciones más allá de los confines académicos surgieron de las brillantes reflexiones vertidas por Balagueró o su pléyade de oyentes más sibaritas. Ellos nos hicieron cuestionarnos lo que parecía incuestionable, nos obligaron a contemplar los asuntos más complejos y abstrusos desde otro punto de vista. Nos volvimos más agudos, más incisivos, más analíticos. Descubrimos que no hay una única verdad, sino que la verdad es miriónima, tiene mil nombres. Nos inculcaron el anhelo por aprender, por saber; por leer. Nos abrieron las puertas perceptivas a la buena música. Queríamos, en mayor o menor medida, ser como el señor Balagueró: poseer su oratoria, su sapiencia, incluso estudiar Periodismo, como él había hecho.

En esta línea, se me ocurren programas exquisitos como el dedicado al lenguaje. ¿En qué programa radiofónico podían cortar tu llamada si cometías más de tres errores al hablar? En ninguno, porque La espuma de los días fue único. Junto al ínclito Javier Insa (un hippie o seguidor del frugalismo más acérrimo, poseedor de unos conocimientos enciclopédicos y unas opiniones heteróclitas), Balagueró activaba una máquina que computaba con voz robótica todos los errores de los oyentes o de él mismo, incluso los ortológicos. La gente llamaba, se cuidaba de ser excelso en su modo de expresarse y, a la sazón, enumeraban sus palabras favoritas o sus palabras inventadas.

Palabras inventadas. Esto merece un renglón aparte. Balagueró era un apologeta de los diccionarios personales. Así que, gracias a las propiedades víricas de los memes, nos fue inoculando su particular jerga que, aún hoy, los espumaires de raza empleamos cotidianamente. ¿Quién no recuerda su ta caliente? Expresión comodín para indicar dicha extrema o denunciar situaciones comprometidas. ¡Ta caliente! O cuando definía algo como el over the top, lo máximo. O cuando trataba a los oyentes de amiguitos. O saludaba diciendo Buena noche (nótese el singular). O relupa, lentina, pirulacha… O el ¡Qué bonito!, o el ¡Concha!, o el trato de usted, como si todo fuéramos caballeros. La lista es infinita, y ello provoca que el universo balagueroniano aún fuera más incomprendido por el establishment.

Fueron dos años inolvidables. Dos años en los que aprendí mucho, en los que dejé de sentirme un bicho raro, en los que descubrí que no estaba obligado a ser como todo el mundo. En los que me di cuenta que había más gente como yo. Y, sí, puede que a un nivel freático, el germen ya anidara en nosotros. Pero La espuma de los días lo hizo germinar como una hiedra devoradora. Por eso no me importaba llegar a clase y hablar con palabras que nadie entendía, o ser un esnob, o un seguidor del cine gore, o un amigo de las réplicas, las contrarréplicas, los nudos gordianos, las discrepancias, los apotegmas, los desprecios, las soflamas, las algaradas contestatarias, los discursos filípicos, los anacolutos, las iconoclasias, las boutades de enfant terrible, las blasfemias, los anatemas o los denuestos.

La espuma de los días se terminó. Jaume Balagueró ya no volvió a hacer radio. Pero no importa. Siempre nos acordaremos de todo. Y como emotivo colofón, paso a transcribir las palabras con las que el señor Balagueró, el amiguito Balagueró, se despidió de nosotros. (Un servidor, cómo no, soltó una lagrimita cuando sus últimas palabras se desvanecieron en las ondas hercianas y empezó a sonar una de sus canciones favoritas y recurrentes en el programa: Here I go again, de Whitesnake)

Amiguitos, hemos llegado al fin de este programa. La despedida, la última
despedida de La espuma de los días. Nos vamos, aquí termina nuestra andadura en
esta emisora, en Radio Hospitalet. El 92.5 de la FM, a partir de ahora, por las
noches, los fines de semana, habrá otras cosas, distintas, maravillosas, seguro,
pero serán otras. Y nosotros nos habremos ido, ya no estaremos. Y no sé si
volveré. Me gustaría mucho volver, compartir otra vez estas madrugadas, y decir:
¡Ta caliente! Y decir: ¡Concha! Relupa, membroto… y otras cositas, que son
nuestras, que los demás no las entenderían. Los demás escuchan otras cosas, o
ven la tele… son distintos. Nuestras cositas son nuestras. Y no sé si
volveré.

Pero bueno. Siempre quedarán esas cositas. Más allá de un
programa de radio, más allá del fin de semana, más allá de una emisora de radio
quedarán los membrotos, quedará el ¡agua, agua!, quedarán todas las cosas que se
han dicho en dos años. ¿Sabéis la cantidad de cosas que se pueden llegar a
decir, sabéis la cantidad de sentimientos que se pueden expresar? No lo sabéis.
¿Sabéis la cantidad de gente que puede llegar a conocerse, que puede llegar a
contactar, que puede llegar a expresar e intercambiar? La cantidad de cosas que
se pueden aprender los unos de los otros, la cantidad de secretos…

Muchos no nos han querido bien. Es más, mucho nos han querido mal.
Ellos no entendían por qué, de pronto, ¡amiguito, ta caliente, cochinillo,
relupa, concha! Ellos no lo entendían. Claro, eran nuestras cosas. Y pensaban:
¿habéis visto lo que dicen? ¿Habéis visto de qué hablan? Hablan del cosmos, de
las caquitas, tiran heces a las calles, hablan de porno duro o de películas de
sangre, de Ingrid Bergman, de Nietzche. Peor todavía: se pasan la noche hablando
y escuchando jazz. Dicen adivinanzas, juegan a números, leen poemas, dicen cosas
aberrantes, de horror, cuentan chistes que no se entienden… hablan y hablan, y
nunca dejan de hablar. Ponen canciones de los payasos de la tele. Están un poco
locos.

Y tal vez lo estábamos. Quién sabe. Pero hemos dicho lo que
nos ha parecido. Y si algo he quedado que quedase estos dos años, un mensaje
último, quizás, es que cada uno de vosotros, amigos oyentes, seáis vosotros
mismos. Cada uno es distinto, y en esa diferencia radica lo mejor. Espero que
ahora que La espuma de los días no existirá, sigáis siendo vosotros mismos, y si
os apetece decir ¡ta caliente!, lo digáis. Y que no os importe lo que los demás
opinen. Y si os apetece comeros una pirulacha, si os apetece saltar por un
membroto, lo hagáis.

Amiguitos, yo me voy. Y quizá no volveré.
Quizá no me volveréis a escuchar, pero me gustaría que os acordarais un poquito
de mí. Bueno, de mí no, de mis cositas, de nuestras cositas, que no las
olvidéis. Todas las historias de pezones, de caminos y de puentes. Quiero que
sigáis yendo por la vida en helicóptero. Aunque los demás vayan en un coche, en
bicicleta o en el metro, vosotros siempre en helicóptero, porque vosotros sois
distintos, siempre lo fuisteis, y por eso os escogí para que fuerais mis
oyentes. Eso es así. Yo nunca os voy a olvidar. Siempre recordaré que me
escuchasteis y que yo os escuché a vosotros.

Antes de irme me
gustaría deciros también unos secretos que he guardado hasta ahora. Una relupa,
amiguitos, es lo mucho que os voy a echar de menos. Un membroto es lo mucho que
hemos aprendido todos juntos. Y una pirulacha, amiguitos… bueno, una pirulacha…
supongo que dejaréis que me vaya con algún secreto.



Otrosí: conservo los tres últimos programas de La espuma de los días grabados en cintas, que posteriormente he convertido en mp3. También, un programa de la primera temporada, el dedicado al lenguaje. Este panegírico también es una llamada a todos aquellos espumaires que conserven retazos de este genial e inimitable programa para hacer trueque, para unirlo todo y formar la gran biblioteca que años ha nos hizo ver las cosas de otra manera. Si tienes cualquier grabación, ponte en contacto conmigo.

¡Ta caliente!

Comments:
Muy buenas,
Grata sorpresa el encontrar un post tan acertado sobre La Espuma!
Estoy interesado en esos mp3, por supuesto! Lo poco que tengo grabado por mi cuenta está en paradero desconocido y en musicasete, pero valdría la pena aunar esfuerzos. Por favore, esos documentos quiero!

Mi blog de videoclips
www.mundoclip.blogspot.com

Saludos,
Nuno
 
Me ha conmocionado este post, casi he llorado recordando ese buena noche, a busy ladies, over the top, concha, rock of ages, here i go again, hable ahora, perfumar sortiu fore, Jason Becker, membroto, examen sorpresa, tapones de 33cl, relupa, pirulacha, un sugus, Leopoldo Pipí Sésamo, me follais y me humillais, cochinillo, entre semana y semana, que bonito!

¡Que la espuma no se olvide!

-Nico
putoblog.tk
 
Que emoción leer tu post, sobre todo cuando leía las últimas palabras de jaume, se me han puesto los pelos de punta.
No sabría decirte que significó exactamente la espuma en mi vida, supongo que mucho.
Cuando se acabó, acabó también para mi una manera de escuchar la radio, jamás la he vuelto a escuchar como lo hice entonces. Fue una experiencia muy grata, aun puedo recordad como pequeñas lagrimillas me caían cuando Jaume nos iba diciendo adios.
 
Nuno: pues ya me dirá usted cómo se los paso. De todas maneras, en breve dejaré todos los archivos en el emule. Gran blog, por cierto!

Nico: qué emoción, me has hecho recordar algunas palabras que se me habían olvidado.

Pauli: Me alegro de que aún recuerdes La espuma. Lástima que no conserves ninguna grabación. A ver si por uno de esos azares del destino, alguien cae por aquí y nos ilumina. Quién sabe, quizá el propio señor Balagueró.
 
Me recuerdo en el calor de una noche de verano en casa de mis abuelos. Estirado en el patio, sin camiseta, escuchando "La Espuma De Los Días".
Mi mente vagando libre, escudriñando insospechados recovecos; la brisa, mi adolescencia; y tantas cosas que aprendí y me cuestioné por primera vez escuchano "la Espuma". Aquel verano...Ais!... Abusileidis! tacaliente!
 
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